Por eso de viajar solo, que quien viaja solo no tiene con quien conversar, el viajero Saramago conversa consigo mismo, y a sí mismo se llama el viajero. Esa es la primera norma. La segunda es considerar que viajar es descubrir, y aunque el viajero va pertrechado de mapa y cabalga un utilitario, no duda en hacer y rehacer sus caminos, tomando los desvíos que le salen al encuentro, guiado por el vuelo de un milano o no deteniéndose donde estaba prevista la parada, al capricho. Pero el viajero sabe lo que quiere, y tiene especial querencia por iglesias de determinada piedra, por aldeas de determinada altura, aunque el camino o la guardesa de las llaves no lo pongan fácil a veces. Y así va el viajero bajando por Portugal, tras entrar por las cercanías de Bragança, atravesando Tras-os-Montes, siguiendo el curso de ríos grandes y pequeños, descubriendo rostros de la Beira o el Alentejo, hasta llegar a las playas del Algarve y su bullicio turístico (ya en los 80). El viajero ama Portugal, pero Portugal también le enfada y desanima. Casi podría decirse, dejándose llevar por un poético arranque, que el viajero es Portugal.
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