jueves, 16 de abril de 2026

Diarios (John Cheever)



Lo monumental de estos diarios no es su tamaño (aunque extensos son) sino la sensación de batalla, de abatimiento y, finalmente, de derrota que transmiten. Supongamos que alguien se gana la vida escribiendo ficción, contando cuentos, pero que guarda consigo mismo, escondido en libretas baratas, un diálogo que se pretende sincero, último, a algo así saben los diarios, aunque estoy seguro de que toda esta sinceridad no dejaba de tener el sabor de una cierta pose, como sabiendo que incluso al final quedaría algo así como un espacio al que podríamos llamar posteridad. Todo esto no quiere decir que no suframos con Cheever a través de las décadas transcurridas en sus diarios, porque de sufrimiento trata esta vida: una continua batalla contra sus apetencias sexuales, contra su mujer (el personaje más extraño de todos), contra ese "triunfo literario" que parecía resistírsele siempre (aunque estuviese triunfando), contra todo y contra todos, en esa manera tan norteamericana de entender la vida. Aunque al final triunfase, alcohólico rehabilitado y homosexual confeso, los diarios nos hablan de un hombre que pasó su vida buscando una botella.

miércoles, 15 de abril de 2026

Lectura fácil (Cristina Morales)

Sorprende un tanto que ganase el Herralde de novela en tanto no es una novela, más parece uno de esos inventos de Oulipo donde se mezclan pretendidas actas judiciales con textos escritos por guasap, fanzines y una especie de monólogos anticapitalistas que terminan por convertirse en literatura erótica. Aunque todo eso no desmerece el libro, que es muy divertido y provocador, y pone el dedo en la llaga de muchos problemas actuales. Así, entre tanta boutade hay sitio para el problema actual de la vivienda, la precariedad del trabajo juvenil o el papel de los servicios sociales para con los discapacitados. Respecto a esto y a otras muchas cuestiones, el texto es liberador porque su carácter de ficción le permite pasarse por la entrepierna todo lo políticamente correcto y dar una bofetada a tanto bienpensante de derechas y de izquierdas, españolista e independentista, macho-facho y mocita de la CUP. Y eso se agradece.


martes, 14 de abril de 2026

seriedad

Yorick tenía por naturaleza una antipatía y una aversión invencibles hacia la seriedad, no hacia la seriedad como tal, pues cuando se requería seriedad él era el más serio o grave de los mortales durante días o semanas enteras, sino que era un acérrimo enemigo de ella cuando se la afectaba, y sólo le declaraba la guerra abierta cuando aparecía como tapadera para la ignorancia o la sandez.
Laurence Sterne

lunes, 13 de abril de 2026

Caballero sin espada (Frank Capra). 1939

La pregunta es cómo una película tan ñoña y buenista, tan antigua y básica, sigue funcionando hoy día. Pero funciona. A pesar de conocer al dedillo esa imagen tan repetida de James Stewart sufriendo las adversidades del destino (pasándose la mano por la cara sudorosa), a pesar de saber que Capra era un trepa interesado sobre todo en su promoción personal (léanse sus memorias, que hasta en el título reflejan ese afán tan norteamericano de triunfar, de no ser un looser), la película funciona. Y quizá funciona porque no se pierde en detalles ni en planos psicologizantes e inútiles, tiene una buena historia (un panoli al que meten en política para mangonearlo, y que se rebela contra su destino) y la cuenta de un modo efectivo, no hay tiempo que perder (aunque algunos detalles no queden explicados con claridad), y en la escena final la verdad triunfa, el amor triunfa, echamos una lagrimita emocionada y terminamos reconfortados. Un estilo que funciona pero que no volverá porque para ello el mundo tendría que recuperar su inocencia.



domingo, 12 de abril de 2026

larvas

La gente vive encerrada en sus pensamientos como larvas.

Milorad Paviç


sábado, 11 de abril de 2026

Cómo encontré al autor de mi necrológica (Jaroslav Hasek)

Una serie de artículos y relatos unidos, al parecer, por su carácter humorístico aunque sin ninguna unidad argumental. Bien que algunos resultan tontorrones y dejan el sabor de la nadería, Hasek demuestra su facilidad para contar historias. Gustan especialmente los más extensos, como las Historias del vivero de Razice, que recuerdan las Memorias de un cazador de Turguenev, historias sin un nexo preciso, si acaso que se desarrollan en lugares cercanos, pero donde Hasek da rienda suelta a su inventiva y a su facilidad para contar anécdotas que terminan teniendo un tono vital, divertido y, pese a ello, un cierto poso moral, un sabor a lo antiguo y melancólico.
En las historias más autobiográficas, Hasek se presenta como un personaje amigo de la juerga, bebedor empedernido y un tanto amoral. También hay algunas historietas donde describe las penalidades, sobre todo económicas, del escritor de gacetillas y artículos en aquel tiempo (principios del siglo XX).


sábado, 17 de noviembre de 2018

Versiones de una realidad


Una lectura superficial de las películas de Bergman podría hacernos pensar que está en las antípodas del cine que hacía Luis Buñuel, y que caracteres tan diferentes poco tendrían que decirse si se produjese un encuentro que, entiendo, nunca tuvo lugar. Sin embargo, existen declaraciones de Buñuel en las que afirma sentir verdadera simpatía y admiración por Bergman, y cuando la Filmoteca Sueca organizó un encuentro entre ambos (1974, con la presencia también de Fellini) Bergman dijo que tenía un interés personal en esta conferencia que nunca fue. Este afecto y respeto que se profesaban ambos en la distancia se entiende mejor volviendo a ver Fresas salvajes (1957), la increíblemente hermosa y compleja película de Bergman. Recordemos, es la historia del viaje de Isak Borg (Victor Sjöström), un viejo médico sueco, con su nuera y unos jóvenes autoestopistas, desde Estocolmo hasta Lund, para recibir su doctorado honoris causa. La figura central del profesor lo es en todos los aspectos, y resultan de interés los comentarios de Bergman en sus memorias (Linterna mágica) sobre el rodaje, sobre la personalidad extraordinaria de Sjöstrom, que recordemos que no sólo era actor sino que también había sido uno de los grandes directores de la época del cine mudo, y sobre el respeto y la casi devoción que Bergman le profesa. Cuenta en sus memorias que alguna de las escenas centrales de la película en realidad las había tomado casi del natural:

Yo filmé, sin ser visto y para uso privado, a Bibi Andersson con un vestido fin de siglo ligeramente escotado, sentada en un prado dándole a Victor fresillas silvestres a la boca. El trata de mordisquearle los dedos y ambos se ríen, la joven mujer se siente patentemente halagada, el viejo león ostensiblemente embelesado.


Pero Fresas salvajes no es sólo esto. Bergman explora con lucidez los miedos sobre la propia valía y sobre los demás, las tinieblas familiares, el infierno del otro, qué significa ser padre, qué es ser hijo, la soledad, la cercanía de la muerte, todo lo que es finalmente ser persona. La sonrisa final del personaje confunde a muchos que entienden que es su película más optimista (sobre todo a los católicos, curiosamente), cuando en realidad el rictus de Sjöstrom es más bien amargo y malhumorado durante su periplo.

Volviendo al tratamiento de la realidad, existen, al inicio del film, elementos claramente surrealistas y buñuelianos en Fresas salvajes, sobre todo en el angustioso sueño inicial del profesor, rodado con una luminosidad excesiva, con continuas referencias a la muerte y al paso del tiempo (esos dalinianos relojes sin manecillas…). Sin embargo, resulta más interesante la manera en la que Bergman aborda la filmación del recuerdo: en las escenas iniciales, cuando se queda solo frente a casa de su infancia, al principio el observa a su familia desde lejos, tal y como eran; después entra en la casa y observa la divertida escena del desayuno, se mueve entre los personajes sin que estos puedan verlo a él; por último, interactúa con su prima y con los demás personajes, aunque siempre manteniendo su apariencia actual de anciano. En esta fluctuación del recuerdo, vamos perdiendo gradualmente la seguridad sobré qué es realidad y qué recuerdo, como sucede, de un modo más directo y masivo, en las películas de Buñuel. Una vez superada su fase inicial poético-surrealista en Francia, en las películas mexicanas introduce de vez en cuando elementos oníricos, y cuando ya vuelve a Francia en su vejez para rodar con mayor libertad empieza a experimentar con la capacidad de su público para soportar la incertidumbre sobre qué es realidad, qué es recuerdo, qué es imaginación, qué ha pasado y qué no ha pasado, experimentación que con Belle de jour da un salto significativo, pues ahí la incertidumbre al final ya es total (a Buñuel le divertía terriblemente este juego de espejos y, sobre todo, las interpretaciones sesudas de los críticos). Una vez atravesado determinado límite, Buñuel continúa explorando en estos márgenes (véase El fantasma de la libertad, donde ya trabaja con muy pocas concesiones hacia la verosimilitud). 

Entiendo que ambos, Bergman y Buñuel, se profesaron simpatía y admiración en la distancia porque ambos, cada uno a su manera, intentaron seguir la máxima de Píndaro:

Oh, mi alma, no aspires a la vida inmortal,
pero agota el campo de lo posible.