Fiambre de caballo
Una colección de naderías
miércoles, 15 de abril de 2026
Lectura fácil (Cristina Morales)
Sorprende un tanto que ganase el Herralde de novela en tanto no es una novela, más parece uno de esos inventos de Oulipo donde se mezclan pretendidas actas judiciales con textos escritos por guasap, fanzines y una especie de monólogos anticapitalistas que terminan por convertirse en literatura erótica. Aunque todo eso no desmerece el libro, que es muy divertido y provocador, y pone el dedo en la llaga de muchos problemas actuales. Así, entre tanta boutade hay sitio para el problema actual de la vivienda, la precariedad del trabajo juvenil o el papel de los servicios sociales para con los discapacitados. Respecto a esto y a otras muchas cuestiones, el texto es liberador porque su carácter de ficción le permite pasarse por la entrepierna todo lo políticamente correcto y dar una bofetada a tanto bienpensante de derechas y de izquierdas, españolista e independentista, macho-facho y mocita de la CUP. Y eso se agradece.
martes, 14 de abril de 2026
seriedad
Yorick tenía por naturaleza una antipatía y una aversión invencibles hacia la seriedad, no hacia la seriedad como tal, pues cuando se requería seriedad él era el más serio o grave de los mortales durante días o semanas enteras, sino que era un acérrimo enemigo de ella cuando se la afectaba, y sólo le declaraba la guerra abierta cuando aparecía como tapadera para la ignorancia o la sandez.
Laurence Sterne
lunes, 13 de abril de 2026
Caballero sin espada (Frank Capra). 1939
La pregunta es cómo una película tan ñoña y buenista, tan antigua y básica, sigue funcionando hoy día. Pero funciona. A pesar de conocer al dedillo esa imagen tan repetida de James Stewart sufriendo las adversidades del destino (pasándose la mano por la cara sudorosa), a pesar de saber que Capra era un trepa interesado sobre todo en su promoción personal (léanse sus memorias, que hasta en el título reflejan ese afán tan norteamericano de triunfar, de no ser un looser), la película funciona. Y quizá funciona porque no se pierde en detalles ni en planos psicologizantes e inútiles, tiene una buena historia (un panoli al que meten en política para mangonearlo, y que se rebela contra su destino) y la cuenta de un modo efectivo, no hay tiempo que perder (aunque algunos detalles no queden explicados con claridad), y en la escena final la verdad triunfa, el amor triunfa, echamos una lagrimita emocionada y terminamos reconfortados. Un estilo que funciona pero que no volverá porque para ello el mundo tendría que recuperar su inocencia.
domingo, 12 de abril de 2026
larvas
La gente vive encerrada en sus pensamientos como larvas.
Milorad Paviç
sábado, 11 de abril de 2026
Cómo encontré al autor de mi necrológica (Jaroslav Hasek)
Una serie de artículos y relatos unidos, al parecer, por su
carácter humorístico aunque sin ninguna unidad argumental. Bien que algunos resultan
tontorrones y dejan el sabor de la nadería, Hasek demuestra su facilidad para
contar historias. Gustan especialmente los más extensos, como las Historias del
vivero de Razice, que recuerdan las Memorias de un cazador de Turguenev,
historias sin un nexo preciso, si acaso que se desarrollan en lugares cercanos,
pero donde Hasek da rienda suelta a su inventiva y a su facilidad para contar
anécdotas que terminan teniendo un tono vital, divertido y, pese a ello, un
cierto poso moral, un sabor a lo antiguo y melancólico.
En las historias más autobiográficas, Hasek se
presenta como un personaje amigo de la juerga, bebedor empedernido y un tanto
amoral. También hay algunas historietas donde describe las penalidades, sobre
todo económicas, del escritor de gacetillas y artículos en aquel tiempo
(principios del siglo XX).sábado, 17 de noviembre de 2018
Versiones de una realidad
Una lectura superficial de las películas de Bergman podría
hacernos pensar que está en las antípodas del cine que hacía Luis Buñuel, y que
caracteres tan diferentes poco tendrían que decirse si se produjese un
encuentro que, entiendo, nunca tuvo lugar. Sin embargo, existen declaraciones
de Buñuel en las que afirma sentir verdadera simpatía y admiración por Bergman,
y cuando la Filmoteca Sueca organizó un encuentro entre ambos (1974, con la
presencia también de Fellini) Bergman dijo que tenía un interés personal en esta
conferencia que nunca fue. Este afecto y respeto que se profesaban ambos en la distancia se
entiende mejor volviendo a ver Fresas salvajes (1957), la increíblemente hermosa
y compleja película de Bergman. Recordemos, es la historia del viaje de
Isak Borg (Victor Sjöström), un viejo médico sueco, con su nuera y unos jóvenes
autoestopistas, desde Estocolmo hasta Lund, para recibir su doctorado honoris
causa. La figura central del profesor lo es en todos los aspectos, y resultan
de interés los comentarios de Bergman en sus memorias (Linterna mágica) sobre
el rodaje, sobre la personalidad extraordinaria de Sjöstrom, que recordemos que
no sólo era actor sino que también había sido uno de los grandes directores de
la época del cine mudo, y sobre el respeto y la casi devoción que Bergman le
profesa. Cuenta en sus memorias que alguna de las escenas centrales de la película
en realidad las había tomado casi del natural:
Yo filmé, sin ser visto y para uso privado, a Bibi Andersson con un vestido fin de siglo ligeramente escotado, sentada en un prado dándole a Victor fresillas silvestres a la boca. El trata de mordisquearle los dedos y ambos se ríen, la joven mujer se siente patentemente halagada, el viejo león ostensiblemente embelesado.
Pero Fresas salvajes no es sólo esto. Bergman explora con
lucidez los miedos sobre la propia valía y sobre los demás, las tinieblas
familiares, el infierno del otro, qué significa ser padre, qué es ser hijo, la
soledad, la cercanía de la muerte, todo lo que es finalmente ser persona. La
sonrisa final del personaje confunde a muchos que entienden que es su película
más optimista (sobre todo a los católicos, curiosamente), cuando en realidad el
rictus de Sjöstrom es más bien amargo y malhumorado durante su periplo.
Volviendo al tratamiento de la realidad, existen, al inicio
del film, elementos claramente surrealistas y buñuelianos en Fresas salvajes,
sobre todo en el angustioso sueño inicial del profesor, rodado con una luminosidad
excesiva, con continuas referencias a la muerte y al paso del tiempo (esos dalinianos
relojes sin manecillas…). Sin embargo, resulta más interesante la manera en la
que Bergman aborda la filmación del recuerdo: en las escenas iniciales, cuando
se queda solo frente a casa de su infancia, al principio el observa a su
familia desde lejos, tal y como eran; después entra en la casa y observa la
divertida escena del desayuno, se mueve entre los personajes sin que estos
puedan verlo a él; por último, interactúa con su prima y con los demás
personajes, aunque siempre manteniendo su apariencia actual de anciano. En esta
fluctuación del recuerdo, vamos perdiendo gradualmente la seguridad sobré qué
es realidad y qué recuerdo, como sucede, de un modo más directo y masivo, en
las películas de Buñuel. Una vez superada su fase inicial poético-surrealista
en Francia, en las películas mexicanas introduce de vez en cuando elementos
oníricos, y cuando ya vuelve a Francia en su vejez para rodar con mayor
libertad empieza a experimentar con la capacidad de su público para soportar la
incertidumbre sobre qué es realidad, qué es recuerdo, qué es imaginación, qué
ha pasado y qué no ha pasado, experimentación que con Belle de jour da un salto
significativo, pues ahí la incertidumbre al final ya es total (a Buñuel le divertía
terriblemente este juego de espejos y, sobre todo, las interpretaciones sesudas
de los críticos). Una vez atravesado determinado límite, Buñuel continúa
explorando en estos márgenes (véase El fantasma de la libertad, donde ya trabaja con muy pocas concesiones hacia la verosimilitud).
Entiendo que ambos, Bergman y Buñuel, se profesaron simpatía y admiración en la
distancia porque ambos, cada uno a su manera, intentaron seguir la máxima de
Píndaro:
Oh, mi alma, no
aspires a la vida inmortal,
pero agota el campo
de lo posible.
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Bergman,
Buñuel,
Fresas salvajes,
realidad
viernes, 16 de noviembre de 2018
La desolación de Chirbes
La buena letra podría ser otra novela sobre nuestra guerra, sobre las consecuencias morales entre los perdedores, de cómo las familias en guerra se rompen, de cómo las familias en guerra se convierten en asidero aunque no sean tales, un libro sobre las fidelidades familiares. Entonces es, podría ser, más un libro sobre la familia que sobre la guerra, o un libro sobre la familia en las condiciones de posguerra, pero también un libro sobre la situación de la mujer en tales circunstancias, o sobre cómo todo se torna extraño, ajeno, cuando se crece en tal entorno, donde eso se entiende que es lo normal, la guerra, el hambre, la miseria. La buena letra es un libro pesimista porque Chirbes es un pesimista, y está visto que en este país los pesimistas tienen siempre, al final, la razón. Pues Chirbes casi siempre nos está hablando del final:
Uno acumula saber como las urracas, oye miles de discos, lee libro tras libro, ve cientos de programas de televisión, hojea millones de revistas a lo largo de la vida, piensa, se informa, y luego se muere, y seguramente, si le queda un hilo de lucidez, piensa también en todo el tiempo que ha perdido. Y en que seguramente ese tiempo perdido es lo que ha ganado.
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