La gente vive encerrada en sus pensamientos como larvas.
Fiambre de caballo
Una colección de naderías
domingo, 12 de abril de 2026
sábado, 11 de abril de 2026
Cómo encontré al autor de mi necrológica (Jaroslav Hasek)
Una serie de artículos y relatos unidos, al parecer, por su
carácter humorístico aunque sin ninguna unidad argumental. Bien que algunos resultan
tontorrones y dejan el sabor de la nadería, Hasek demuestra su facilidad para
contar historias. Gustan especialmente los más extensos, como las Historias del
vivero de Razice, que recuerdan las Memorias de un cazador de Turguenev,
historias sin un nexo preciso, si acaso que se desarrollan en lugares cercanos,
pero donde Hasek da rienda suelta a su inventiva y a su facilidad para contar
anécdotas que terminan teniendo un tono vital, divertido y, pese a ello, un
cierto poso moral, un sabor a lo antiguo y melancólico.
En las historias más autobiográficas, Hasek se
presenta como un personaje amigo de la juerga, bebedor empedernido y un tanto
amoral. También hay algunas historietas donde describe las penalidades, sobre
todo económicas, del escritor de gacetillas y artículos en aquel tiempo
(principios del siglo XX).sábado, 17 de noviembre de 2018
Versiones de una realidad
Una lectura superficial de las películas de Bergman podría
hacernos pensar que está en las antípodas del cine que hacía Luis Buñuel, y que
caracteres tan diferentes poco tendrían que decirse si se produjese un
encuentro que, entiendo, nunca tuvo lugar. Sin embargo, existen declaraciones
de Buñuel en las que afirma sentir verdadera simpatía y admiración por Bergman,
y cuando la Filmoteca Sueca organizó un encuentro entre ambos (1974, con la
presencia también de Fellini) Bergman dijo que tenía un interés personal en esta
conferencia que nunca fue. Este afecto y respeto que se profesaban ambos en la distancia se
entiende mejor volviendo a ver Fresas salvajes (1957), la increíblemente hermosa
y compleja película de Bergman. Recordemos, es la historia del viaje de
Isak Borg (Victor Sjöström), un viejo médico sueco, con su nuera y unos jóvenes
autoestopistas, desde Estocolmo hasta Lund, para recibir su doctorado honoris
causa. La figura central del profesor lo es en todos los aspectos, y resultan
de interés los comentarios de Bergman en sus memorias (Linterna mágica) sobre
el rodaje, sobre la personalidad extraordinaria de Sjöstrom, que recordemos que
no sólo era actor sino que también había sido uno de los grandes directores de
la época del cine mudo, y sobre el respeto y la casi devoción que Bergman le
profesa. Cuenta en sus memorias que alguna de las escenas centrales de la película
en realidad las había tomado casi del natural:
Yo filmé, sin ser visto y para uso privado, a Bibi Andersson con un vestido fin de siglo ligeramente escotado, sentada en un prado dándole a Victor fresillas silvestres a la boca. El trata de mordisquearle los dedos y ambos se ríen, la joven mujer se siente patentemente halagada, el viejo león ostensiblemente embelesado.
Pero Fresas salvajes no es sólo esto. Bergman explora con
lucidez los miedos sobre la propia valía y sobre los demás, las tinieblas
familiares, el infierno del otro, qué significa ser padre, qué es ser hijo, la
soledad, la cercanía de la muerte, todo lo que es finalmente ser persona. La
sonrisa final del personaje confunde a muchos que entienden que es su película
más optimista (sobre todo a los católicos, curiosamente), cuando en realidad el
rictus de Sjöstrom es más bien amargo y malhumorado durante su periplo.
Volviendo al tratamiento de la realidad, existen, al inicio
del film, elementos claramente surrealistas y buñuelianos en Fresas salvajes,
sobre todo en el angustioso sueño inicial del profesor, rodado con una luminosidad
excesiva, con continuas referencias a la muerte y al paso del tiempo (esos dalinianos
relojes sin manecillas…). Sin embargo, resulta más interesante la manera en la
que Bergman aborda la filmación del recuerdo: en las escenas iniciales, cuando
se queda solo frente a casa de su infancia, al principio el observa a su
familia desde lejos, tal y como eran; después entra en la casa y observa la
divertida escena del desayuno, se mueve entre los personajes sin que estos
puedan verlo a él; por último, interactúa con su prima y con los demás
personajes, aunque siempre manteniendo su apariencia actual de anciano. En esta
fluctuación del recuerdo, vamos perdiendo gradualmente la seguridad sobré qué
es realidad y qué recuerdo, como sucede, de un modo más directo y masivo, en
las películas de Buñuel. Una vez superada su fase inicial poético-surrealista
en Francia, en las películas mexicanas introduce de vez en cuando elementos
oníricos, y cuando ya vuelve a Francia en su vejez para rodar con mayor
libertad empieza a experimentar con la capacidad de su público para soportar la
incertidumbre sobre qué es realidad, qué es recuerdo, qué es imaginación, qué
ha pasado y qué no ha pasado, experimentación que con Belle de jour da un salto
significativo, pues ahí la incertidumbre al final ya es total (a Buñuel le divertía
terriblemente este juego de espejos y, sobre todo, las interpretaciones sesudas
de los críticos). Una vez atravesado determinado límite, Buñuel continúa
explorando en estos márgenes (véase El fantasma de la libertad, donde ya trabaja con muy pocas concesiones hacia la verosimilitud).
Entiendo que ambos, Bergman y Buñuel, se profesaron simpatía y admiración en la
distancia porque ambos, cada uno a su manera, intentaron seguir la máxima de
Píndaro:
Oh, mi alma, no
aspires a la vida inmortal,
pero agota el campo
de lo posible.
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viernes, 16 de noviembre de 2018
La desolación de Chirbes
La buena letra podría ser otra novela sobre nuestra guerra, sobre las consecuencias morales entre los perdedores, de cómo las familias en guerra se rompen, de cómo las familias en guerra se convierten en asidero aunque no sean tales, un libro sobre las fidelidades familiares. Entonces es, podría ser, más un libro sobre la familia que sobre la guerra, o un libro sobre la familia en las condiciones de posguerra, pero también un libro sobre la situación de la mujer en tales circunstancias, o sobre cómo todo se torna extraño, ajeno, cuando se crece en tal entorno, donde eso se entiende que es lo normal, la guerra, el hambre, la miseria. La buena letra es un libro pesimista porque Chirbes es un pesimista, y está visto que en este país los pesimistas tienen siempre, al final, la razón. Pues Chirbes casi siempre nos está hablando del final:
Uno acumula saber como las urracas, oye miles de discos, lee libro tras libro, ve cientos de programas de televisión, hojea millones de revistas a lo largo de la vida, piensa, se informa, y luego se muere, y seguramente, si le queda un hilo de lucidez, piensa también en todo el tiempo que ha perdido. Y en que seguramente ese tiempo perdido es lo que ha ganado.
viernes, 9 de noviembre de 2018
Buñueloni
El hombre que ni fuma ni bebe es un cabrón
Luis Buñuel
Supongo que si Don Luis hubiese sorprendido a alguien
hurgando entre sus cartas, allá en su refugio defeño, le hubiese salido al paso
con los pistolones de su padre de la guerra de Cuba, aunque no estoy tan seguro
de que le hubiese pegado cuatro tiros, que decían que no era capaz de matar una
mosca. Pero también me imagino a Don Luis mirando por el agujerito cómo se desviste
la vecina, disfrutando sin ningún remordimiento de su situación de voyeur
irredento. La pulsión escópica, fuente de disfrute y disgusto a un tiempo,
pecado y perversión, se puede sentir y disfrutar leyendo la Correspondencia escogida de Luis Buñuel,
editada por Evans y Viejo. ¿Y qué encontramos entre esos cientos de cartas,
escritas o recibidas por nuestro hombre? En realidad, oh decepción, nada
perverso.
Si venimos de un buen conocimiento de su filmografía, de la
lectura de sus memorias y de otros ensayos y libros de conversaciones (sobre
todo, de los textos de Sánchez Vidal, Turrent y Colina, Ian Gibson, y Max Aub), esta espléndida
correspondencia no aporta grandes descubrimientos pero tiene el disfrute de la
fuente directa, de sorprender al personaje en su tránsito diario, en su día a
día como eficiente gestor de los dineros de sus productores, en sus
preocupaciones diarias (rodaré, no rodaré),
en sus pequeñas penurias y vanas miserias, aunque en general Luis Buñuel no parece
que fuese muy dado a confidencias por carta. De hecho, inicia casi todas sus misivas señalando cuán poco le gusta el género epistolar y qué pereza le produce
la obligación de contestar en sus correspondencias, aunque en muchas de ellas
se hace referencia al gran conversador que debió ser (lo dice él, lo dicen sus
amigos, todos preferían pasar un rato con él junto a una copa).
La joya a encontrar, sobre todo con la edad, conforme se va
haciendo mayor, es su sentido del humor, el gusto por el exabrupto, la jota
guarra y los latines bien usados, sus bromas sobre comprar jurados para que le
den los premios, sobre aceptar sólo los premios en metálico o en estatuillas
fundibles. Tanto es así que hay quien le manda, para congraciarse, alguna jotilla de ocasión:
San Lorenzo en la
parrilla
le decía a los judíos:
¡Dadme la vuelta,
cabrones,
Que tengo los huevos
fríos!
En realidad, las pocas polémicas aún existentes no se
solucionan leyendo su correspondencia, por ejemplo su pertenencia al partido
comunista, que sus amigos dan por hecha en su juventud pero que él pide
rectificar a una biógrafa en su vejez (la sombra de Dalí sobrevolando,
siempre). Poco importa. Su tono, con la edad, se va haciendo pesimista,
conforme las parcas y las moiras van habitando su espacio, y esa escasa
confianza en el género humano que se va instalando lleva a los curas que lo
frecuentaban (tan bien retratados en Tristana)
a suponer un arrepentimiento que supongo que había de divertirlo sobremanera
(caso muy parecido al de Brassens).
Para atacar, en fin, esta correspondencia hay que ser una
apasionado mitómano de la figura de Buñuel, pues sólo aporta una pasada más
sobre lo mismo, nada que ver con el tono lúdico y festivo de sus memorias,
aunque de vez en cuando, en cualquier carta que envía o recibe, aparece lo
entrañable, lo humano, lo afectivo. Si acaso, y esto es innegable, el deseo de
volver a ver toda y cada una de sus películas, otra vez. Para otra vez
encontrarlo en el detalle, aunque sea mínimo en sus películas alimenticias. Buñuel supo desde el principio cuál era su
profesión, y superó todas las desventuras que intentaron impedirle
desarrollarla. El arte es finalmente eso, tesón frente a lo cotidiano. Y era
aragonés…
domingo, 28 de octubre de 2018
Caminos en psicoterapia
La búsqueda de un enfoque íntimamente satisfactorio desde el que trabajar en psicología no suele ser un dulce camino, ni dulces sus frutos. Y si se trata ya de la psicoterapia, las heridas pueden ser aún mayores y más sangrantes, como así se describe en Elementos en terapia operativa psicoanalítica de Antonio Sánchez Casado (et al.). El texto, servido a modo de manual, es una descripción, a veces general, a veces extremadamente detallada, de cuál ha sido el camino seguido por el autor y sus pares para encontrar una manera de trabajar útil para el paciente y sincera para los terapeutas y sus puntos de amarre personales y profesionales, con una especial consideración, como el título indica, hacia las perspectivas grupales y psicoanalíticas. Es, además, un texto bien escrito (algo no tan común en la literatura técnica) que puede utilizarse como brújula para una formación en psicoterapia desde planteamientos de grupo.
El punto de partida es el desaliento frente a una psicoterapia institucionalizada, centrada no en el paciente como ser social sino en su enfermedad, entendida ésta (desde el modelo médico al uso) como una especie de tumor que dificulta o imposibilita el funcionamiento normal de esa máquina-persona, y del que podrá ser liberado (extraído) usando alguno de los cuatro fármacos de rigor y unas cuantas sesiones de bienintencionados consejos. Entonces, frente a todo eso, empieza el camino. Un camino que siempre va bordeando, en los límites entre la ñoñería academicista y el aroma a incienso y estafa de los gurúes orientalizados. Bordeando entre la imposibilidad de un cientifismo a ultranza y la insensatez infantilizante del todo vale.
El punto de llegada está en una cafetería de Madrid, en la anécdota sobre el conferenciante que empieza con Winnicott y Bleger y termina con la orgona y el aura. Ahí sólo cabe la risa, o más bien el despertar de un menospreciado sentido del ridículo que, en circunstancias tales, habría de ser llamado sentido de realidad.
No todo vale. Antonio Sánchez Casado describe un camino arduo en el que se ha ido definiendo un modelo de abordaje que podremos creer más o menos útil, más o menos científico, pero al que no podemos negar el valor de la estricta sinceridad.
El punto de partida es el desaliento frente a una psicoterapia institucionalizada, centrada no en el paciente como ser social sino en su enfermedad, entendida ésta (desde el modelo médico al uso) como una especie de tumor que dificulta o imposibilita el funcionamiento normal de esa máquina-persona, y del que podrá ser liberado (extraído) usando alguno de los cuatro fármacos de rigor y unas cuantas sesiones de bienintencionados consejos. Entonces, frente a todo eso, empieza el camino. Un camino que siempre va bordeando, en los límites entre la ñoñería academicista y el aroma a incienso y estafa de los gurúes orientalizados. Bordeando entre la imposibilidad de un cientifismo a ultranza y la insensatez infantilizante del todo vale.
El punto de llegada está en una cafetería de Madrid, en la anécdota sobre el conferenciante que empieza con Winnicott y Bleger y termina con la orgona y el aura. Ahí sólo cabe la risa, o más bien el despertar de un menospreciado sentido del ridículo que, en circunstancias tales, habría de ser llamado sentido de realidad.
No todo vale. Antonio Sánchez Casado describe un camino arduo en el que se ha ido definiendo un modelo de abordaje que podremos creer más o menos útil, más o menos científico, pero al que no podemos negar el valor de la estricta sinceridad.
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lunes, 22 de octubre de 2018
Grafómano
La rosa de Alejandría
la publica Manuel Vázquez Montalbán en 1984, y le podría servir de respuesta a
aquél que se preguntase cómo era vivir en este país en esos años. Porque ésta y
otras novelas de la serie Carvalho le toman el pulso a la realidad utilizando
la coartada de la serie negra. De las novelas policíacas de Vázquez Montalbán
se suele decir que están escritas un poco a vuelapluma, sin el cuidado que puso
en otras obras más virtuosas, pero es que no hay que olvidar que nuestro hombre
no dejaba de ser un grafómano sin cura, e igual te presentaba un sesudo ensayo
sobre las figuras del momento, que colaboraba con prensa de mayor o menor
alcurnia, que te despachaba la gran novela barcelonesa (por ejemplo, El pianista) o te participaba en reflexivos debates de televisión en los que intentaba trasladar al vulgo las reglas del materialismo dialéctico aplicadas a la predicción del resultado del próximo Madrid-Barça.
Infatigable.
Así, esta novela es un fresco de su tiempo que en sus
detalles más pedestres (que si ETA, que si el PSOE, que si Luis del Olmo o el
Casino de Albacete) sólo entenderán los que vivían en ese entonces. Pero
tampoco hay que dejarse confundir, Vázquez Montalbán es un gran escritor, y
engastadas en una novelita de tres al cuarto encontramos joyas como esas
descripciones del Levante o de Albacete, anticipando un mundo que se acaba a
golpe de desarrollismo y de turistas ingleses, o el pulso que le toma a unas
Ramblas que todavía lo eran y a ese mundo canalla mezcla de puterío barcelonés y
despojos de la división azul, todo en promiscuidad y todo terminando en lo que se ha
dado en llamar el basurero de la historia. Eso sí es memoria histórica.
En cuanto a la trama en sí, mal de amores y malos
asesinatos a los que Carvalho asiste sin demasiado interés, planteándose a
veces si intervenir para salvar a los que él considera inocentes, aunque
deteniéndose siempre antes de hacerlo, no sea que se fuese a llevar una
bofetada que no le correspondía. No se trata de cobardía, es más bien la lucidez
del para qué, de lo inacabado, del no importa. Carvalho se refugia en
esa venta de la que le han hablado, donde los guisos tienen la consistencia que
otorga la sabiduría de generaciones, y se consuela echándose al coleto una
botella de esos vinillos de la tierra que empiezan a ser cuidados. Y Vázquez Montalbán
ya anda en otra cosa.
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