Existe una ciudad en la Argentina, en la provincia del mismo
nombre, en el centro-este del país, al norte de Buenos Aires, junto al río
Paraná, y que no debe ser nombrada bajo ningún concepto. La ciudad ha ido
generando, entre los años sesenta y noventa del pasado siglo, una serie de
personajes que se cruzan y entrecruzan en un azar de historias que vuelven a
ser evocadas, una y otra vez, por tales fantasmas. Sus nombres no
importan demasiado, pues aunque algunos se corresponden con los verdaderos,
otros son apodos casi infantiles, e incluso de algunos no sabemos si se trata
de su nombre o de su apodo. Por esta ciudad que vive al costado del río
transitan Carlos Tomatis, Ángel Leto y el matemático (paseando durante
veintiuna cuadras), Willie Gutiérrez, Pichón Garay (este desde París mayormente),
Washington Noriega, el Gato (y Elisa), Barco, Nula, rodeados de una multitud de
otros no menos importantes, como el juez, o el taxista impasible, o
algunas mujeres que van y vienen, casadas o separadas de ellos. Pero no hay que
confundirse, los personajes son transitorios, la ciudad permanente, como queda
claro con la historia del entenado o cuando se narra el episodio de los
positivistas en la ocasión. Y la ciudad vive sus personajes, sus historias de
peronismo y dictadura, de indios colastinés y emigrados que vuelven sin saber
muy bien por qué ni para qué. La ciudad puede conocerse entrando desde Rosario
en autobús, atravesando primero sus arrabales y Santo Tomé, o viniendo desde
Paraná y atravesando el puente, o sencillamente subiendo o bajando por la
costanera en un día lluvioso. Desde esta perspectiva, lo mejor es el capítulo
abril, mayo de cicatrices. Aunque hay quien preferirá las caminatas depresivas
de Tomatis, o las idas y venidas de Leto a los tribunales, pero, al final,
todos estos personajes se irán diluyendo y sólo quedará la ciudad, innombrable,
y la memoria de Juan José Saer, inacabado.
domingo, 14 de octubre de 2018
sábado, 19 de mayo de 2018
Lo puramente cinematográfico
Decir que el cine es el arte de las emociones no es sólo una
figura retórica, se trata más bien de enunciar un principio fundacional que nos
permitirá, además, diferenciar las películas al uso de aquellas que Hitchcock
llamaba filmes puramente cinematográficos.
Todos sabemos que una mala película es aquella en la hay que soportar largas
parrafadas explicativas de los actores para poder entender qué está pasando,
qué están sintiendo o, peor aún, quién es el asesino. Verbalizar las emociones
está bien en la consulta del psicoanalista, pero resulta irritante en las
películas de Garci, por ejemplo. Y es que, además, hay muchas emociones
imposibles de verbalizar, aquellas contenidas en una mirada, en el sutil
fruncimiento de las cejas que precede a la sonrisa, en el nervioso tamborileo
de los dedos sobre la mesa. Igual que resulta imposible contar a qué sabe un
melocotón, sobre todo cuando ya los melocotones no saben a melocotón.
Todo esto viene al hilo del conocido como toque Lubitsch, esa indescriptible magia
que destilaban algunos detalles de las películas del cineasta berlinés.
Prácticamente en todas sus películas encontramos soluciones narrativas que,
apelando a la inteligencia del espectador, permiten contar y expresar mucho más
que cualquier tratado sobre las emociones humanas. En Una mujer para dos (Design for living, 1933), Gilda está enamorada
de dos hombres a la vez que, además, son buenos amigos. Incapaz de decidirse
por uno de los dos, y cansada de ser fuente de conflicto entre ambos, se
termina casando con Max Plunkett, un aburrido y patético hombre de negocios. En
su noche de bodas, antes de entrar en la alcoba, contemplan todos los ramos de
flores recibidos como regalo, y entre todos destaca una triste maceta con dos
flores, enviada por sus enamorados. Gilda, enfadada, da una patada a la maceta,
y ambos entran en la alcoba. La cámara no les sigue, censura manda. Al momento,
Gilda vuelve arrepentida y recoge la maceta y la coloca bien. Gilda vuelve a
entrar en la alcoba, la cámara espera a la puerta. Pasa la noche, llega el día
y sale el señor Plunkett, pensativo. Mira la maceta y le da una patada. Ahora
le toca al espectador…
domingo, 1 de abril de 2018
Los topos (Jesús Torbado y Manuel Leguineche)
Torbado y Leguineche publicaron este magnífico ensayo periodístico en 1977, al calor de la muerte del dictador. Casi se podría decir que el propio libro es uno de esos topos que tuvo que esperar a la desaparición física de Franco para poder salir a las librerías, a respirar los nuevos aires, a la calle para pasearse a cuerpo. Aunque todavía era pronto para hablar de memoria histórica, porque ese es un proceso que implica liberar a la memoria de emociones, y todavía era pronto para eso. "Los topos" es un libro de entrevistas con aquellos enterrados en vida, algunos durante cinco o diez años, otros durante casi cuarenta, por el simple delito de haber apoyado la normalidad democrática antes del golpe de estado de 1936. Pero también es un libro de entrevistas con las familias de los enterrados, y sobre todo con las mujeres de aquellos topos, aquellas que tuvieron que dar la cara y mantener la farsa durante tantos años, años de miedo, de humillaciones, de vejaciones y en muchos casos de torturas, no olvidemos que eran las mujeres de los rojos, aquellas para las que Queipo de Llano proponía la violación sistemática.
Cuarenta años parece ser una medida recurrente en la historia española. Cuarenta años duró la dictadura. Cuarenta años han transcurrido desde la muerte de Franco. El nuevo mantra de la derecha española es decir que cuarenta años son muchos años, que ya a nadie importa la guerra civil, cosas de abuelos que hay que olvidar en un país de nuevos ricos (o ya no tan ricos), como hablar de la guerra de los cien años, y por tanto nuestro presidente se ufana de no haber dedicado ni un solo euro al desarrollo de dicha ley, lo cual es una poco elegante manera de admitir un fraude de ley. Porque nuestro gobierno sí dedica nuestros ricos cuartos a traer a los caídos de la división azul o a restaurar monumentos tan poco asépticos como el Valle de los caídos. Y es que se está pidiendo olvido y superación del trauma de la guerra civil a aquellos que la perdieron y, sobre todo, a aquellos que padecieron los cuarenta años del terror subsiguiente. Es así que cuando un hijo de los vencidos habla de olvidar yo acato y asiento agachando la cabeza, pero cuando uno de los herederos del régimen me habla de olvido se me viene a las mientes aquel poema de Nicolás Guillén
En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.
Seguro que ellos recuerdan también sus días de ordeno y mando, días en los que los rojos tenían que callar y que esconderse si querían salvar la vida, días en los que no había que dar tantas explicaciones sobre cómo aprobé esa oposición, sobre cómo se construyó nuestra fortuna, sobre cómo llegamos a ser dueños de aquello que siempre nos perteneció: el himno, la bandera, el país, la patria.
Supongo que todos queremos superar aquello, olvidar y convertir en historia aquella historia tan triste (porque termina mal, decía Gil de Biedma), pero para ello era y es necesaria la aplicación de la ley de memoria histórica, que sólo pretende quitar emoción a lo ya vivido para poder avanzar, es decir, convertir la memoria en historia, historia para escolares, para los libros de texto, algo a la vez aséptico y terminado. Pero eso sólo será posible si dejamos de convivir con toda la simbología franquista que resiste en nuestro callejero, en forma de estatuas en muchas de nuestras calles, en fosas comunes tras la tapia del cementerio. Superar semejante trauma exige reparación y, sobre todo, verdad. Las guerras civiles, los daños del colonialismo y otros males similares sólo pueden ser superados a través de la reparación y de la verdad. Es por ello que releer a Torbado y Leguineche no es ejercicio de melancolía sino un paso más hacia esa reparación y esa verdad necesarias.
miércoles, 21 de marzo de 2018
Lulu (Mircea Cartarescu)
Libro inquietante (y esa palabra lo define), porque
Cartarescu no permite saber nunca qué terreno se pisa. Parece estar contando su
historia, la historia de Víctor, adolescente solitario (La soledad lleva en su seno la semilla de la locura) con dificultades
de relación social, lejano a sus compañeros tanto física como intelectualmente
(un friki que opina que no existe mayor
suplicio ni infierno más profundo que la felicidad), perseguido por
extraños fantasmas que en un viaje de
fin de curso con sus compañeros sufre, en una residencia híbrida entre el
realismo socialista y los boy scouts, algo así como un asalto sexual por parte
de Lulu, un alumno que por momentos es como un travesti que le atrae y le
repele a un tiempo. La narración se desarrolla en un enrarecido ambiente de
intensa sexualidad que todo lo impregna. Y todo se narra a un tiempo como real
y recordado desde una posición de escritor que ha triunfado como tal ante los
demás, aunque ante sí mismo no deje de ser un farsante o una especie de figurón
de escritor de éxito. Al final, en la buhardilla de la residencia, un lugar
oculto a todos y a todo, el último reducto de su memoria y de su sexualidad, le
espera la monstruosa araña que le inoculará, quizá a él, quizá a Lulu, el
veneno paralizante que permitirá convertirlo en una víctima a la que sorber
toda su vitalidad, o su esencia, o su existencia, como si el Víctor posterior a
este episodio ya no fuese más él mismo, ese adolescente. Cartarescu va más allá
del realismo mágico de Nostalgia y en
este relato, que es casi una historia de terror, se adentra en las repulsivas
profundidades de su yo más profundo, lo que probablemente hará las delicias de
los lectores deseosos de una nueva dosis de interpretación psicoanalítica.
Cartarescu recuerda al adolescente que fue, esa época terrible de la formación, de las elecciones y las decisiones,
como la llamaba Kertész (él pensaba que es mejor ser viejo). Cartarescu no
parece haberlo superado, o seguir intentando superarlo escribiendo libros (Me aferro ahora, como a una última brizna de
esperanza, a la idea de que tal vez consiga curarme a través de la escritura.
Es decir, desenmarañar, mientras me queden fuerzas, este ovillo, este manojo de
intestinos, este mandala enredado en mi cabeza. Si la escritura es, como dicen,
una terapia, si puede curar, debería poder hacerlo ahora. Voy a emborronar una
página tras otra, voy a utilizar las hojas como vendas impregnadas no de tinta,
sino de lo que mi vieja herida supura. Quizá, finalmente, todo se empape en
ellas y, a medida que se vuelvan más y más purulentas, más burbujeantes, yo
mismo me vaya vaciando de veneno). No creo que Cartarescu lo consiga, que
ninguno de nosotros lo consiga, nunca.
Etiquetas:
adolescencia,
Cartarescu,
Lulu
jueves, 11 de enero de 2018
Distancia focal
Después de leer a
Laplantine, me queda la impresión de una propuesta de epistemología en la que
se reduce la distancia entre el sujeto reflexivo y el sujeto emotivo. Lo cierto
es que cuando me he planteado la problemática del conocimiento, sobre todo
desde la perspectiva para mí antigua de qué es ciencia y qué no lo es, siempre
he optado por entender que el problema tenía más que ver con la óptica, y más en
concreto con la distancia y el punto de enfoque, algo así como que cuando te
acercas demasiado dejas de ver ciertas cosas y cuando te alejas quizá enfoques
mejor pero pierdes detalle, y también que cuando eliges enfocar un determinado
objeto (de conocimiento) has necesariamente de desenfocar y dejar de ver
aquello más lejano o cercano a tu objeto de estudio, y que dicha elección no
sólo va a tener que ver con la perspectiva que adoptes (por ejemplo, soy
neuropsicólogo y adopto posiciones más biologicistas, o me alejo y mi enfoque
es más sistémico, etcétera), sino también con el grado de asepsia que pretendas
en tu estudio, aunque en el caso del observador llamémosle emotivo creo que éste
tendría que explicitar algo sobre sí mismo, de alguna manera descubrir sus
cartas antes de jugar en sus juegos de transferencia y contratransferencia. En
cuanto a la extensión política del tema, me quedo con las referencias de
Laplantine a un mundo anestesiado, sin sufrimiento pero también sin placer,
extraña distopía ya presente. Y ahora pienso en lo acertado del término “memoria
histórica”, que permitiría a los perdedores de todas las historias
(coloniales, económicas y políticas) convertir la memoria de su derrota en historia razonada,
superando el victimismo para poder volver a ser, a existir.
Etiquetas:
ciencia,
epistemología,
Laplantine
domingo, 30 de abril de 2017
Aviso mortuorio
A cierta edad, los enterradores
te devoran con los ojos[1],
y la muerte parece perseguirte con un celo imbécil[2].
Ha llegado la hora de pensar en la muerte, en la que, por otra parte, nunca has
dejado de pensar. Morir, podríamos decir que resulta inevitable, así que, sin
alaridos ni quejas, sin falsas anteojeras filosóficas o religiosas, si se trata
de morir, muramos con elegancia, incluso con una sonrisa. Si tenemos que
ajustar nuestro paso al de aquella vieja dama[3],
si hay que morir, al menos pongamos algunas condiciones y elevemos algunas
peticiones.
Lo primero, dejar constancia de
que ninguna idea merece la muerte de nadie. Para la mayoría, la vida va a ser
el único lujo del que puedan disfrutar aquí abajo, así que no nos precipitemos,
muramos de muerte lenta, pues ya hemos visto que ninguna guerra ni ninguna
revolución han conseguido acercar el paraíso a la tierra, y los dioses siguen
igual de sedientos[4].
Si hay que morir, pues no parece
posible hacer rabona de la tumba, tomemos el camino más largo[5].
Engañemos al tiempo, comportémonos como ancianitos de paso tembloroso para que
crea que todo el mal ya está hecho, aunque entre bambalinas sigamos dando
saltos como aquellos adolescentes que éramos[6].
Si hay que morir, veamos que no
todo es negativo y que tiene sus ventajas: ya no nos dolerán más las muelas, no
tendremos que seguir haciendo reverencias a los poderosos y, sobre todo,
estaremos fuera del alcance de los perros, de los lobos, de los hombres y de
los imbéciles[7]. Muramos
con entereza, tomando la muerte como venga[8],
procurando disfrutar de los últimos placeres, de los últimos amoríos, y dejando
en herencia nuestras ropas y nuestro lugar a alguien de nuestra talla y nuestro
talante, alguien que pueda fumarse nuestro tabaco y amar a nuestra mujer[9].
Si hay que morir, concedámonos la
idea de un paraíso en el que seguiremos disfrutando de los amigos, de la buena
música y de esos vinillos de calidad que deben producirse en las viñas del
Señor[10].
Y otorguémonos, a despecho de científicos aguafiestas, una muerte con toda la
antigua grandeza, con un Caronte acompañándonos en nuestro último viaje[11],
o de la mano de la medieval dama de la guadaña, dispuestos a disfrutar de toda
esa eternidad que nos queda por delante, como si, por fin, hubiesen llegado
unas perpetuas vacaciones que pudiésemos eternamente disfrutar junto al mar[12].
Y si al fin hay que morir, no
nos privemos de nada y muramos por encima de nuestras posibilidades, en una
tumba alegre a modo de póstuma satisfacción, con un entierro de los de antaño,
en un sudario de calidad, con un buen ataúd y disfrutando del placer infantil
de ver a nuestros herederos marchar tras el coche fúnebre, pisando mierda de
caballo[13].
Morir sin rabia, sin
remordimientos, sin ira, conscientes de que no somos más que hojas muertas que
el tiempo ha de barrer[14].
¡Oh tú, viejo tío Georges, en qué paraíso nos estarás esperando!
[1] cELUI QUI A MAL TOURNÉ
[2] SUPPLIQUE POUR ÊTRE ENTERRÉ À LA PLAGE DE SÈTE
[3] ONCLE ARCHIBALD
[5] LE TESTAMENT
[6] TROMPE LA MORT
[7] ONCLE ARCHIBALD
[8] LE FOSSOYEUR
[9] LE TESTAMENT
[10] LE VIEUX LÉON
[11] LE GRAND PAN
[12] SUPPLIQUE POUR ÊTRE ENTERRÉ À LA PLAGE DE SÈTE
[13] LES FUNÉRAILLES D'ANTAN
[14] LE TESTAMENT
domingo, 7 de abril de 2013
Gran Hermano
Ya sabemos que al analizar las intenciones de nuestro
interlocutor va a ser muchas veces más interesante examinar no el discurso y
los argumentos explícitos sino aquellas actitudes, gestos y palabras dichas
casi sin querer, y que nos van a desvelar, al modo de los lapsus linguae y los actos fallidos freudianos, cuál es el verdadero contenido del mensaje que se transmite. Viene esto al hilo algunos
gazapos que han asomado sus orejillas en las recientes visitas de inspectores
de educación a nuestro instituto, enmarcadas éstas en una campaña lanzada por las
autoridades para la mejora de los resultados y las calificaciones de nuestro
alumnado, empeño loable aunque, como se verá, puesto en marcha con intereses
subyacentes que, al parecer, no es deseable poner sobre la mesa, no vaya a ser
que descubramos que el emperador está desnudo.
El primero de estos curiosos deslices lo tuvo un inspector
que, durante una reunión de departamento a la que asistía, usó por dos veces la
palabra clientes para referirse a los
alumnos. Esta transmutación de nuestros escolares en consumidores resulta ya de
por sí chocante, pues cambia por completo las reglas del juego y convierte a
alumnos y familias en compradores de servicios educativos, y a los profesores
en una especie de proveedores, y ya se sabe que el cliente siempre tiene razón,
y los nuevos y esforzados dependientes habrán de hacer lo que sea para
satisfacer a unos más o menos interesados compradores, vendedores temerosos de
que se vayan a la tienda de al lado, que igual vende más barato o tienen un
producto mejor envuelto.
Muy en esta línea, una inspectora que asistía a una sesión
de evaluación comentó casualmente que igual no convenía al centro que se
estuviese informando a determinados alumnos (en severo riesgo de abandono, con
dieciséis años y sin ninguna intención de mover un dedo para conseguir el
graduado en ESO) sobre la existencia de programas de cualificación profesional
en otros institutos, porque eso haría que nuestras estadísticas de abandono y
fracaso escolar se resintiesen. Porque, al parecer, ya es cosa hecha que en los
centros educativos se trabaja en nuevas dinámicas, atentos a las estadísticas y
por objetivos. Sin saber cómo, los
centros educativos han aterrizado de lleno en la nueva economía, donde los
alumnos son clientes a los que se les reconoce un derecho de reclamación que
más se parece a un derecho de devolución del producto si no les satisface
plenamente, y donde la dinámica ha de ser más la de una empresa (privada, por
supuesto, porque es artículo de fe que lo privado funciona mejor) atenta a los
objetivos, a los márgenes, a las estadísticas y a toda la panoplia neoliberal.
Aunque muchas de estas cuestiones ya se veían venir cuando
el énfasis se puso, años atrás, en convertir al profesorado en una especie de
animador, porque resulta que todo estaba cambiando y el cliente se aburría. Y
empezamos utilizando el cine como recurso didáctico (o sea, poniéndoles
películas), coloreando chillonamente los libros de texto (libros que ya vienen
subrayados, con los resúmenes hechos, ensalivados y previamente masticados para
que el alumno no tenga que esforzarse al tragarlos), y hemos terminado usando
toda la parafernalia informática no porque les ayude a entender o a conocer,
sino porque así la hora de clase resulta amena y, vocablo chirriante donde los
haya, motivadora.
Evidentemente, todo ha cambiado, y todo cambia cada día. Y nuestros
jóvenes van a vivir en un mundo absolutamente interconectado, en una sociedad
en la que Internet y las herramientas informáticas van a determinar su trabajo
y su ocio, y la escuela no puede mantenerse al margen. Pero, al mismo tiempo,
la escuela es también el lugar para formarse en la reflexión, para que aprendan
a pensar y no acepten lo que se les dice sin más, y tengan la capacidad de
decidir si ese futuro es el que desean o si, por el contrario, quieren
construir un mundo distinto. La escuela es y debe ser un sitio en el que
aprender a pensar, aunque este pensar implique un esfuerzo, un trabajo que no
casa bien con la sociedad icónica y multimedia en la que estamos de hecho
inmersos.
De una parte, Umberto Eco nos ha advertido que una educación
a través de la imagen ha sido siempre característica de las sociedades
absolutistas y paternalistas, y que la única posibilidad de contravenir este
hecho está en convertir a la imagen en una provocación para la reflexión
crítica y no en una “invitación a la hipnosis”. Pero es que, además, lo icónico
plantea una paradoja interesante, porque si, de una parte, lo visual resulta
más motivador y atractivo porque se dirige a lo emocional, de otra produce
pasividad en la audiencia (por el carácter tautológico del espectáculo, cuyos
medios y fines son los mismos, como lo definió Guy Debord al decir que la
sociedad del espectáculo es el imperio de la pasividad moderna) y, sobre todo,
deja a un lado los aspectos racionales, que es a dónde se debe dirigir
principalmente la acción educativa.
Lejos esta escuela, visual e interactiva en un contexto
puramente comercial, de aquella otra en la que el profesorado se educó y a la
que no quiere renunciar (por inercia antediluviana o por defender no se sabe
bien qué privilegios de clase, según denuncian nuestras autoridades educativas).
A poco que recordemos cómo era aquella escuela, y dejando al margen lo
edulcorado de todos los recuerdos personales, nos acordaremos de profesores
aburridos y de otros más amenos, de clases infames y clases memorables, de
colegios infernales y otros más parecidos a lo que podría ser el cielo, pero en
todos se entraba a modo de rito de paso, se iba al colegio y se dejaba atrás la
casa y la familia, es decir, se cambiaba de contexto y había por tanto de
usarse un lenguaje distinto, el lenguaje se convertía en una herramienta de
pensamiento descontextualizado que se utilizaba no ya para referirse a casos
concretos sino a nociones generales a cuyo uso el alumno se iba aventurando. Lo
racional, el pensar por sí mismo, esa era la clave, el reto. Si al profesorado
le cuesta renunciar a acompañar a sus alumnos en esa batalla es quizá porque
ahí reside la razón de ser última de su trabajo.
Al margen de la privatización de todos los bienes públicos,
y ahora al parecer le llegó el turno a la educación, también ha llegado la hora
de la privatización de los propios sujetos, autistas encerrados frente a una
pantalla, sea esta de cine, de televisión, pizarra digital o teléfono móvil. Si
ya es bastante ridículo el papel del maestro condenado al papel de operario que
enciende y apaga cachivaches, no lo es más su papel facilitador frente a los
alumnos (exámenes más fáciles, menos contenidos, un trabajito para aprobar…) y
de interlocutor familiar, no porque el padre venga a informarse de qué pasa con
su hijo, sino porque puede venir a reclamar sobre su hijo, y ya se sabe,
insisto, que el cliente siempre tiene razón. Todo para lograr una sociedad de analfabetos informatizados, como los
llamaba Joseph Weizenbaum, o, como los motejaba con mucha más acritud Sánchez
Ferlosio, de borriquitos con chándal.
Dado todo lo anterior, no sorprenderá el tercero de los comentarios casuales de un inspector
cuando, en una reunión con los representantes del alumnado, tuvo la ocurrencia
de preguntarles que “a qué profesor nominarían”. Porque si hemos pasado de una
sociedad espectacular a una sociedad especular, que diría Gérard Imbert, no ha
de extrañarnos que a su vez pasemos de convertir el instituto en un centro de
recreo audiovisual a fabricar un reality
con profesores objeto del hipervoyeurismo de un público pasivo que sólo
interviene para nominar (divertido
neologismo que podría usarse ya en lugar del caduco despedir) a aquellos que les aburren o que tienen la desfachatez de
obligarles a trabajar.
Desde hace ya muchos años venimos oyendo decir que la
educación va mal, que todo es un fracaso, que los profesores no hacen bien su
trabajo, que los alumnos no están motivados, que las familias no están
contentas, que existe un malestar social frente a la situación educativa, que
son necesarias reformas y cambios de leyes, que nos estamos quedando atrás en
nuestra carrera hacia no se sabe dónde. Todo va mal, y por tanto lo estamos
cambiando todo (siempre en determinada dirección, con una filosofía
privatizadora y neoliberal), pero todo sigue yendo cada vez peor. Creo que ha
llegado el momento de decir que el emperador está desnudo, de dejar de repetir
irreflexivamente que esto está mal, y empezar a plantearnos otras cuestiones. Por
ejemplo: ¿Realmente va todo tan mal? ¿Y a quiénes beneficia que lo pensemos?
Etiquetas:
educación,
espectáculo,
inspección
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



