Un inicio vibrante desde el aire sobre inmensos palmerales en la costa, en un blanco y negro muy contrastado y dramático, con unas hojas de palma que parecen nevadas por estar filmadas en película infrarroja; y después los planos tan cercanos a los rostros contraídos, usando grandes angulares; y así la cámara que no para de moverse entre y sobre los actores, con el suave balanceo que el paso del operador confiere; y algunos planos secuencia que desafían el vértigo, rodados con grúas y tirolinas. Todo es un puro encadenarse de proezas técnicas deslumbrantes. El problema es que toda esta parafernalia está al servicio de una no-historia, de personajes de cartón piedra que son filmados a contraluz y desde abajo para resaltar su carácter glorioso y edificante, con unos pésimos actores que posan más que actúan, y que terminan convirtiendo una bienintencionada película en un panfleto a favor de la revolución, como si la revolución hubiese que justificarla, convencidos del infantilismo del público, y con una duración excesiva que termina aburriendo soberanamente.
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