lunes, 13 de abril de 2026

Caballero sin espada (Frank Capra). 1939

La pregunta es cómo una película tan ñoña y buenista, tan antigua y básica, sigue funcionando hoy día. Pero funciona. A pesar de conocer al dedillo esa imagen tan repetida de James Stewart sufriendo las adversidades del destino (pasándose la mano por la cara sudorosa), a pesar de saber que Capra era un trepa interesado sobre todo en su promoción personal (léanse sus memorias, que hasta en el título reflejan ese afán tan norteamericano de triunfar, de no ser un looser), la película funciona. Y quizá funciona porque no se pierde en detalles ni en planos psicologizantes e inútiles, tiene una buena historia (un panoli al que meten en política para mangonearlo, y que se rebela contra su destino) y la cuenta de un modo efectivo, no hay tiempo que perder (aunque algunos detalles no queden explicados con claridad), y en la escena final la verdad triunfa, el amor triunfa, echamos una lagrimita emocionada y terminamos reconfortados. Un estilo que funciona pero que no volverá porque para ello el mundo tendría que recuperar su inocencia.



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